Bahrein llegó como agua de mayo para quienes sufrimos el
largo invierno (entiéndase invierno como tiempo sin Fórmula 1).
Y lo hizo cargado de leyenda, con más expectación que nunca. A
ello contribuyó reunir cuatro Campeones del Mundo en la parrilla
(entre ellos el retorno del heptacampeón Schumacher). También
ayudó el nombre y los colores del nuevo Lotus Racing. Nada tiene
que ver con el histórico Team Lotus, pero motiva el recuerdo,
sobre todo pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Además este año contamos con un mítico apellido: Senna (el
sobrinísimo no es ‘Magic’, pero la piel de gallina aparece cada
vez que escucho el nombre). Con todo ello y más arrancó la
temporada.
Hace no demasiado me preguntaron qué porcentaje de importancia
en los resultados le daba a un piloto de Fórmula 1 y cuál al
coche que llevaba. Respondí, muy seguro de ello, que la
importancia del monoplaza se eleva hasta casi el 85%.
Seiscientos treinta días llevaba Ferrari sin hacer un doblete.
Quinientos dieciocho días Fernando Alonso sin ganar una carrera.
Desde que Alonso logró el segundo Mundial, Ferrari ha reunido
dos títulos de escuderías y uno de pilotos. El asturiano, salvo
el vía crucis en Mclaren, ha luchado en la parte media de la
tabla, sacando más rendimiento del posible a sus monoplazas.
Nadie duda de su calidad al volante. Es indiscutible. Sus
pasadas declaraciones contra la Scudería no lo son, y por ahí es
por donde se empieza a entender que algunos Tifossi no toleren
el fichaje del español.
Sin embargo lo que ahora acontece es un matrimonio de
conveniencia. Ferrari quiere retornar al lugar que nunca debió
abandonar, y Alonso y su afición pretenden volver a ser
Campeones. El fin muchas veces justifica los medios. Ocurre que
la memoria está ahí, y por ello se le exigirá más que a
cualquier otro. Si las cosas salen mal, el camino puede
torcerse: los unos dirán que la escudería le hace la cama como
ocurrió en Mclaren. Los otros alegarán que Alonso no es un
piloto de equipo. Sólo las victorias y los campeonatos cerrarán
las heridas, y ahora tienen mucho que darse el uno al otro. De
momento Fernando ganó en Bahrein, y así todos contentos. O casi
todos.
Alonso ganó en su primera carrera del Mundial con Ferrari, como
Fangio en 1956, Mario Andretti en 1976, Nigel Mansell en 1989 y
Kimi Raikkonen en 2007. Las cuatro últimas temporadas, el piloto
que ganó la primera carrera fue Campeón del Mundo. Se permite
soñar. Venció, además, escoltado por su nuevo compañero –viejo
enemigo- Felipe Massa. Mi primera alegría es por él. Un tipo que
vio de cerca la muerte la temporada pasada merecía un resultado
así. Se recuperó de su grave lesión y completó una buena
carrera. Si el F10 resulta como parece, Massa será un rival para
el título.
Es pronto para sacar conclusiones a largo plazo, pero sigo
viendo a Vettel como el máximo favorito. No vamos a descubrir
ahora el talento que tiene. Ayer volvió a dar muestra de ello,
con una carrera muy correcta y consiguiendo aguantar tras de sí
a Rosberg pese a llevar un coche dos segundos más lento por
vuelta. Su mayor enemigo se llama fiabilidad, que puede
impedirle la gloria. Si la consigue, tiene mucho ganado, pues
Horner y su equipo han seguido la línea ganadora del año pasado.
Las ocho primeras plazas el sábado y el domingo fueron para
Ferrari, Mclaren, Mercedes y Red Bull. Un escalón muy por encima
del resto. Un escalón muy por debajo de los demás están Lotus,
Virgin e Hispania Racing. Los Lotus al menos terminaron la
carrera. En el pelotón medio veo varias cosas claras: el Force
India es un coche muy rápido en recta, de hecho Liuzzi y Sutil
fueron el tercer y quinto piloto con más velocidad punta de la
carrera. Alguersuari está por encima de los tres últimos equipos
gracias al Toro Rosso, pero a su vez está por debajo del resto
de equipos de la zona media en cuanto a manejo al volante. Esa
es mi opinión, y aseguro que me gustaría equivocarme. Por tanto
me alegra escribir que me equivoqué en Bahrein, y Jaime estuvo
por encima de su compañero Buemi.
Mención aparte merece Hispania. Alegra enormemente su
participación. Si hace unos años me dicen que iba a haber un
equipo español en este deporte, buscaría la cámara oculta. Vale
que no llevan motor Seat, ni sus mecánicos –palillo en diente-
explican a sus pilotos cuando entran en boxes eso de “voy a
tener que pedir la pieza, pásate a por él la semana que viene”.
Pero vaya, es un equipo español y es un orgullo. Démosle tiempo,
justo lo que les ha faltado para hacer lo que el resto de
equipos han hecho en un más de un mes. Vamos a apoyarles y
olvidemos las críticas de los británicos (¿quién si no?). Ya se
dijo hace mucho: ladran, luego cabalgamos.
La carrera en sí fue bastante previsible. Con la normativa de no
repostar combustible, los grandes premios se tornan más planos.
Ya están pensando obligar a dos paradas, pero no creo que ello
cambiase mucho el asunto. Los equipos han perfeccionado el
sistema de cambio de neumáticos, y ya no hay lugar a la
especulación de saber cuándo parará el rival, o cuanta carga
lleva. Perjudicado el espectáculo, me temo. Sin embargo los
equipos tienen trabajo por delante: la carga justa de gasolina,
el trato a los neumáticos, la fiabilidad. Todo ello será vital
para coronar al nuevo rey.
Se especula con posibles ilegalidades en difusores, y ya existió
la primera polémica con el alerón trasero del Mclaren. Me
encantaría que, por este año, dejáramos fuera todos estos
aspectos. Se corre en la pista. Pese a todo, El Circo ha vuelto,
y ya no hay quién lo pare.